El molino de fuego de Juan Ignacio y Julia

Casa Lucianito. Gemini IA

El hambre de la posguerra causaba estragos en la década de 1940 cuando Juan Ignacio López Martel y Julia Santana González se mudaron al Lomo Magullo con seis hijos. En aquellos tiempos, nada era fácil.

Apenas unos años antes, Juan Ignacio había construido una molina de viento en Cazadores, que cubrió la demanda de gofio de este barrio cumbrero, hasta que un temporal de viento sur y lluvia derribó la torre con las aspas cayendo, en parte, hacia la ladera del barranco de los Cernícalos, quedando inutilizada.

Juan Ignacio y Julita, como era conocida, tuvieron que abandonar su industria molinera en la cumbre, y se mudaron a la vivienda de la plaza del Lomo Magullo donde comenzarían una nueva aventura para sacar adelante a sus hijos: instalar un molino de fuego.

Después de la guerra civil, las cartillas de racionamiento funcionaron como salvoconducto contra el hambre. Los molinos disponían de una asignación de una cantidad de millo por parte del gobierno franquista, según el número de familias que debían abastecer.

Cartilla de racionamiento en tiempos de posguerra

El millo procedía de la producción de los propios agricultores, o en otras ocasiones, de las remesas de grano argentino que el gobierno de Eva Perón prometió a Franco. La insuficiente producción local y las dificultades para llegar a todos los rincones del archipiélago hicieron más difícil aún la labor de los molineros, en su afán por mitigar el hambre de sus vecinos.

Una vez mi madre me mandó al molino de Juan Ignacio a comprar gofio. Cuando llegué a la puerta, había una cola de gente esperando a que terminara de moler. Me puse en la fila, y cuando ya me iba a tocar el turno, el gofio se acabó. Me acuerdo de que me vine para mi casa con aquella pena tan grande…, apenas yo una niña. (Maruca Suárez. Las Hoyetas, 1931).

El millo llegaba al molino de la familia López Santana en el volteo de una camioneta desde Telde, por la carretera del Valle. Una vez descargado, se almacenaba en el molino hasta que fuera tostado y molido.

Recuerdo ver a mi madre en el patio de la casa tostando el millo. Usaba un meneador, que era un palo con un saco amarrado en la punta para removerlo y que no se le quemara. (Adelina López, Lomo Magullo, 1941).

Según recuerdan las personas mayores, Julita les decía a veces a los chiquillos del pueblo que le fueran a buscar leña para usar el tostador. A cambio, les daba un puñito de roscas, de las que reventaban al final de la tostadura, o de gofio que ellos mismos mezclaran con azúcar. Era su golosina.

El proceso de tostado requería de cierta pericia por parte de Julita, que dejaba tostar más o menos el grano según los gustos. De hecho, si el cliente traía su propio millo, se realizaba según sus preferencias: más tostado para un gofio un poco más amargo. Todo dependía de la procedencia y el destino del grano. El millo asignado al racionamiento oficial del gobierno se tostaba menos, pues cuanto más crudo se dejara el grano tostado más kilos de gofio producía.

Mujer tostando millo. Dibujo generado por IA
Mujer tostando millo. Dibujo generado por IA

En ocasiones, ante la necesidad de adquirir mayor cantidad de víveres se recurría al estraperlo, es decir, a la venta no oficial de alimentos. No era para menos, en cada casa había muchas bocas que alimentar, y la cartilla de racionamiento daba para lo que daba: 1 kilo por semana y familia.

Me acuerdo de la época del estraperlo. Se conseguía algo más, por la escasez, porque éramos vecinos y nos daba algún kilo más de gofio. (Antonio Rodríguez, Lomo Magullo,1934).

La vivienda elegida fue la que sería posteriormente conocida como “la casa de Lucianito”, ubicada actualmente en el número 7 de la calle Agustina de Aragón, en la esquina suroeste de la plaza del barrio. Fue allí donde a partir de 1941 Juan Ignacio y Julia pusieron en marcha la primera industria molinera accionada por un motor de combustión, según un acertado diseño para su producción industrial.

Recreación del molino de Juan Ignacio y Julia. Generado por IA

El molino estaba compuesto por un motor de gasoil ubicado en la planta baja de la vivienda, del cual partía un tubo metálico destinado a ser el respiradero del humo. Para su funcionamiento, esta maquinaria accionaba unas correas que hacían girar el eje de la piedra del molino. Este motor era de fabricación inglesa, y poseía unas dimensiones aproximadas de un metro de ancho por dos metros de largo.

Los bidones de gasoil eran traídos desde Telde en una camioneta. Juan Ignacio los descargaba hasta el patio trasero por el camino lateral sur de la vivienda.

En ocasiones, para este tipo de trabajos les pedía ayuda a los vecinos más cercanos. Se sabe que Cipriano Sánchez y Anastasio López fueron dos de los hombres que más ayudaron a los dueños del molino en estas tareas.

En la habitación ubicada al sur de la vivienda, en la planta alta, se despachaba el gofio, y el molino disponía de la maquinaria común de cualquier industria molinera de la época: una tolva de madera para verter dentro el grano tostado, el cual caía dentro del agujero central de las piedras de moler después de atravesar la canaleta. El millo era molido gracias al roce de la piedra superior, que giraba debido al accionamiento del eje del motor de la planta baja, sobre la inferior, que era fija.

Al trabajo propio de la producción de gofio, se añadían aquellas tareas relacionadas con el mantenimiento de su maquinaria, como era el picado de la piedra cada dos semanas, aproximadamente, por parte del molinero. Esta labor, que se realizaba comúnmente con una picareta, era necesaria para mantener la rugosidad de las caras internas de las piedras; si no se picaban periódicamente, se producía el progresivo desgaste debido a su rozamiento constante.

Recuerdo ver a mi padre picando la piedra del molino, y después barría la piedra muy bien para que el gofio no saliera con la arenilla de la piedra. (Adelina López, Lomo Magullo, 1941).

Lo cierto es que, pasados unos años, en 1945, Juan Ignacio y Julia decidieron trasladar su industria molinera y su familia a la calle Costa Rica, número 25, de Telde. Así, este molino comenzó a producir gofio para los residentes en la zona de los Llanos, según un acuerdo comercial con un socio, Isidro Hernández, el cual ya era propietario, junto con sus hermanos, de un taller mecánico en la cercana calle Sr. Alexander Fleming.

La historia de este molino finaliza cuando en 1950, la sociedad de ambos se deshizo y la maquinaria fue vendida a una industria molinera del sureste de Gran Canaria.

Agradecimientos: a Adelina López Santana, hija de Juan Ignacio y Julia, por su narración e interés en contar su historia familiar. Además, estimo el testimonio de las siguientes personas, pues ha sido fundamental para elaborar este artículo: Maruca Suárez, Antonio Rodríguez y Diego Hernández.

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