Cuando doña Salvadora falleció a los 101 años en 1972, se cerró el período vinícola de la finca que poseía en el Barranco de García Ruiz. Su padre, Salvador Ruiz Naranjo, nacido a mediados del siglo XIX, le había dejado en herencia un extenso viñedo en las laderas cubiertas del picón que el volcán del Pico de Bandama esparció, creando el sustrato ideal para el cultivo de la vid.
La cultura del vino, su producción y venta, venían sufriendo un decaimiento progresivo a lo largo del siglo XX en Canarias, y esta propiedad fue protagonista del ocaso en la elaboración de vinos tintos, que había comenzado varios siglos atrás a cubrir de parras la solana y la umbría de este valle de Telde.
Cuenta Mario Monzón que cuando su bisabuela falleció él contaba con 12 años.
Recuerdo que la última vez que se pisó uvas en ese lagar fue entre 1968 y 1970. Yo era un niño, aquel día cuando llegamos a la finca en García Ruiz la familia Brito, que son de San Roque, iba a pisar las uvas de su vendimia. Recuerdo que pisaron uva negra para hacer vino tinto; después se lo llevaron en unos tercios para su bodega
Los testimonios de varios informantes que vivieron su niñez en la primera mitad del siglo XX en este barranco, ubicado al sur de El Palmital, nos recuerdan que el viñedo fue el paisaje de este enclave rural. Así, existen vestigios de, al menos, cuatro lagares tradicionales, que se distribuyen a lo largo de su geografía, y que atesoran el recuerdo de las parras achaparradas ladera arriba, las vendimias bajo el sol del estío y el olor penetrante de sus bodegas. El lagar de la familia Ruiz Azofra fue utilizado en reiteradas ocasiones para pisar uvas por viticultores cercanos, incluso de los valles colindantes, así como por otros productores de vino que no disponían de uno propio. “Un día pisaba sus uvas una familia y otro día pisaba otra. Doña Salvadora no les cobraba a los vecinos por pisar en su lagar”, evoca un oriundo de la zona sobre las vendimias de mediados del siglo XX.

Foto: Baltasar Medina
El lagar estaba compuesto por una tina cuadrada fabricada en cantería, de unos tres metros de lado y apenas un metro de alto. Sobre la tina, una viga de tea de un solo tronco la atravesaba de oeste a este para encontrarse en el extremo con el husillo. Sobre una gran piedra cónica, tallada por maestros pedreros, ubicada al lado del naciente, el husillo se insertaba en su agujero central. Por último, en un costado, la lagareta recibía el mosto que vertía la bica tras el pisado de la uva.

La vendimia y el pisado de la uva era una labor muy dura que se acometía a final del verano gracias a la labor de jornaleros que trabajaban en intensas jornadas: cortar los racimos, cargarlos en cestas, transportarlos al hombro o lomos de bestias desde las laderas hasta el lagar, para después, comenzar a pisar.
La vendimia y el pisado de la uva era una labor muy dura que se acometía a final del verano gracias a la labor de jornaleros que trabajaban en intensas jornadas: cortar los racimos, cargarlos en cestas, transportarlos al hombro o lomos de bestias desde las laderas hasta el lagar, para después, comenzar a pisar.
En una habitación alargada en la planta baja de la hacienda la familia de doña Salvadora guardaba celosamente el vino. La bodega era un lugar de acceso restringido, donde la oscuridad y el fresco dormían el vino que requiere de ambas condiciones para que el mosto fermente.

La finca Ruiz Azofra fue, además, un punto de encuentro vecinal. La familia propietaria abría la ermita de la hacienda cada 6 de diciembre para celebrar las fiestas en honor a San Nicolás de Bari. Ese día algunos acudían a misa, y posteriormente, al finalizar, se celebraba una fiesta con música, ventorrillos y asaderos en el patio de la hacienda, junto al lagar, donde se reencontraba cada año el vecindario de García Ruiz.
Fallecida la dueña, cuando el viñedo había prácticamente desaparecido, los herederos de doña Salvadora Ruiz Azofra, cuya vivienda familiar se encontraba junto a la plaza de San Juan (Telde), vendieron la propiedad en 1979 a don Ángel León Sánchez y doña Trinidad Rivero Santana. Este matrimonio y sus hijas invirtieron muchos años en revitalizar esta propiedad agrícola. Para ello, plantaron una gran variedad de frutales (naranjeros, mangueros, limoneros, guayaberos, etc.), regados con agua del pozo de La Cardonera. La familia León Rivero posee el mérito, con su trabajo constante durante varias décadas, de dotar a este lugar del precioso aspecto actual a lo largo de las más de doce fanegadas de la ladera de solana, y dos fanegadas y media en la de umbría.
Con posterioridad, esta finca fue subdividida y vendida a varios propietarios; siendo finalizado este proceso de venta en 2023.
El lagar original fue vendido al Museo de Piedra de Ingenio, donde permanece de puertas adentro, ante el cierre al público de esta instalación en el año 2018.

Foto: Baltasar Medina
Agradecimientos: agradezco la información aportada por Mario Monzón, Trinidad Rivero y su hija Mari Carmen León.
